Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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—Cuando yo era niño —empecé a decir—, y el tiempo no era adecuado para hacer picnics al aire libre, nos dejaban celebrar unos de tipo peculiar que disfrutábamos enormemente. El mantel se colocaba debajo de la mesa, en vez de sobre ella, y nos sentábamos alrededor de él en el suelo, ¡y creo que en realidad siempre disfrutamos más de esa clase de cena extremadamente incómoda que de su versión ortodoxa!

—No me cabe duda —contestó lady Muriel—. No hay nada que un niño bien regulado odie tanto como la regularidad. Pienso que un muchacho realmente sano disfrutaría enormemente de la gramática griega… ¡si tan sólo pudiera aprenderla cabeza abajo! Y su cena de alfombra le ahorró ciertamente uno de los aspectos de un picnic ¡que para mí constituye su principal inconveniente!

—¿La posibilidad de que llueva? —sugerí.

—No, la posibilidad, o más bien la certeza, ¡de la combinación de criaturas vivas con la comida de uno! Mi pesadilla son las arañas. Un sentir que mi padre no comparte, ¿verdad, querido? —añadió, pues el earl había captado la palabra y se había girado para escuchar.

—«A cada uno sus sufrimientos, todos son hombres»[*] —contestó él en el tono dulce y triste que parecía serle natural—: cada persona tiene sus fobias.


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