Silvia y Bruno

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—¡Pero nunca averiguará la suya! —dijo lady Muriel, con esa delicada risa argentina que era música para mis oídos.

Decliné intentar lo imposible.

—¡No le gustan las serpientes! —reveló, en un aparte teatral—. Y bien, ¿no le parece una aversión poco razonable? ¡Imagínese, no gustarle una criatura tan adorable y tan persuasiva y asfixiantemente cariñosa como una serpiente!

—¡Que no le gustan las serpientes! —exclamé—. ¿Acaso es algo así posible?

—No, no le gustan —repitió con una fingida seriedad que realzaba su atractivo—. No les tiene miedo, ¿sabe? Pero no le gustan. ¡Dice que se agitan demasiado!

Me encontraba más sorprendido de lo que quería admitir. Había algo tan asombroso en este eco de las mismas palabras que había oído escasas horas antes de labios de aquel duendecillo del bosque, que sólo por medio de un gran esfuerzo logré decir, en tono despreocupado:

—Olvidemos este tema tan desagradable. ¿Nos cantaría alguna cosa, lady Muriel? Sé que canta usted muy bien sin necesidad de música.

—¡Me temo que las únicas canciones que me sé, sin música, son tremendamente sentimentales! ¿Están listos para llorar?


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