Silvia y Bruno
Silvia y Bruno Del momentáneo silencio que siguió se apropió enseguida —o, más correctamente, este quedó al cuidado de— una voz; una voz tan suave, tan monótona, tan sonora, que uno sentÃa, con un estremecimiento, que cualquier otra conversación quedaba descartada, y que, de no adoptarse algún remedio desesperado, estábamos condenados a escuchar una charla, ¡cuyo final ningún hombre podÃa prever!
El orador era un hombre corpulento, cuyo rostro amplio, chato y pálido quedaba delimitado al norte por un flequillito, al este y al oeste por unas patillitas, y al sur por una barbita, que en conjunto componÃan un halo uniforme de pequeñas cerdas color marrón claro. Sus facciones estaban tan desprovistas de expresión que no pude evitar decir para mis adentros —de manera irreprimible, como atrapado en una pesadilla—: «sólo están esbozadas, ¡aún no han recibido los toques finales!». Y tenÃa un modo particular de rematar cada frase con una súbita sonrisa que se abrÃa como una onda sobre aquella extensa y lisa superficie, y al momento siguiente desaparecÃa, dejando tras de sà una solemnidad tan absoluta que me sentÃa impelido a murmurar: «no fue él, ¡sino otra persona la que sonrió!».