Silvia y Bruno
Silvia y Bruno «¡Tejón, sus hijos se han extraviado!, me temo.
¡Y las mÃas me han dejado!».
«Pues sà —respondió aquel—; está usted en lo cierto.
Muy poco los vigilamos».
Y asà los pobres padres mataron el tiempo,
llorando desconsolados.
En ese momento, Bruno paró súbitamente de cantar.
—La canción de las saddinas necesita otda melodÃa, Silvia —dijo—. Y yo no puedo cantadla ¡si no la tocas para mÃ!

Silvia se sentó al momento sobre un champiñón diminuto que crecÃa casualmente frente a una margarita, como si esta fuese el instrumento musical más corriente del mundo, y se puso a tocar los pétalos a la manera de teclas de órgano. ¡Y qué música tan deliciosa y diminuta producÃan! ¡Qué diminuta y chiquitita!
Bruno ladeó la cabeza, y escuchó con gesto muy solemne unos momentos hasta que hubo cogido la melodÃa. Entonces la dulce voz infantil volvió a sonar:
¡Oh, cautivador eres sin mesura,
más hermoso que la misma hermosura!
¡Para horas de gozo pasar aquÃ
festejando y bailando en torno a ti!