Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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Bendita sería

tan libre la vida:

¡del pudin de Ipergis probar ración

con una copa de suave Acigón!

Y si, en una ocasión diferente

de escenario florido e intrascendente,

pudiera elegir qué quiero cenar.

«¡Pide por esa boca tu manjar!».

Oh, veo enseguida qué vida tendría:

¡del pudin de Ipergis probar ración

con una copa de suave Acigón!

—Ya puedes dejad de tocad, Silvia. Puedo hacedla, otda melodía mucho mejod sin acompasamiento.

—Quiere decir «sin acompañamiento» —susurró Silvia, sonriendo ante mi cara de perplejidad; luego simuló cerrar los registros del órgano.

Los tejones no querían hablar con peces,

ni apreciaban sus canciones;

tampoco le habían hincado nunca el diente

al plato de dicho nombre

(y era su deseo): «¡Oh, las colas prenderles

con pincitas a montones!».

Debería mencionar que señaló los paréntesis, en el aire, con el dedo. Me pareció un plan estupendo. Ya sabes que no hay sonido que los represente, como tampoco lo hay para una pregunta.


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