Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —¿Cuánto tardarás en hacer tu boceto? —preguntó Arthur.
—Bueno —contesté—, me gustarÃa dedicarle una hora. ¿No consideráis mejor marchar sin mÃ? Regresaré en tren. Sé que pasa uno dentro de una hora más o menos.
—Quizá sea la mejor opción —planteó el earl—. La estación no está lejos.
De manera que dejaron que me las arreglara solo, y no tardé en hallar un sitio confortable donde sentarme, al pie de un árbol, desde el cual tenÃa una buena vista de las ruinas.
—Hace un dÃa realmente amodorrante —dije para mis adentros, pasando tranquilamente las hojas de mi cuaderno de dibujo en busca de una página en blanco—. ¡Vaya, pensaba que a estas alturas estarÃais ya a una milla de aquÃ! —exclamé, pues, para mi sorpresa, los dos caminantes habÃan regresado.
—He vuelto para recordarte —dijo Arthur— que pasa un tren cada diez minutos…
—¡TonterÃas! —repuse—. ¡No es el metro de Londres!
—¡Sà que lo es! —insistió el earl—. Esto forma parte de Kensington.
—¿Por qué hablas con los ojos cerrados? —inquirió Arthur—. ¡Despierta!