Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —Creo que es este calor el que me está dando sueño —aduje, con la esperanza, pero sin la seguridad completa, de estar diciendo algo con sentido—. ¿Estoy despierto ahora?
—Me parece que no —dictó el earl—. ¿Qué piensa usted, doctor? ¡Sólo tiene un ojo abierto!
—¡Y doñea como un oso! —gritó Bruno—. ¡Despiedte, querido anciano! —Y Silvia y él se pusieron manos a la obra, girándole la pesada cabeza de un lado a otro, como si su unión con los hombros fuera algo carente de cualquier importancia.
El profesor abrió finalmente los ojos y se incorporó, parpadeando hacia nosotros con absoluta perplejidad.
—¿TendrÃa la amabilidad de decir —se dirigió a mà con su acostumbrada y añeja cortesÃa— dónde nos encontramos ahora mismo… y quiénes somos, empezando por mÃ?
Creà conveniente empezar por los niños.
—Esta es Silvia, señor, y este es Bruno.
—¡Ah, sÃ! ¡A ellos los conozco muy bien! —murmuró el anciano—. Soy yo el que más preocupado me tiene. Y quizá tendrÃa la bondad de mencionar, al mismo tiempo, cómo he llegado aquÃ.
—Se me ocurre un problema más serio —me atrevà a indicar—, y es cómo va a volver.