Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —¡Cierto, cierto! —respondió el profesor—. Ese es el gran problema, no cabe duda. Visto como un problema ajeno, resulta de lo más interesante. Visto como una parte de la biografÃa de uno mismo, es, debo admitir, ¡muy angustioso! —gimió, pero enseguida agregó, con una risita—: En cuanto a mÃ, creo que dijo que era…
—¡Usted es el pdofesod! —chilló Bruno en su oÃdo—. ¿No lo sabÃa? ¡Ha venido desde Exotilandia! ¡Y queda muy lejÃsimos de aquÃ!
El profesor se puso en pie de un brinco con la agilidad de un muchacho.
—¡Entonces no hay tiempo que perder! —exclamó en tono ansioso—. Le preguntaré a ese inocente campesino, con ese par de cubos que contienen (aparentemente) agua, si serÃa tan amable de indicarnos el camino. ¡Inocente campesino! —continuó alzando la voz—. ¿PodrÃa decirnos por dónde se va a Exotilandia?
El inocente campesino se giró con una sonrisa avergonzada.
—¿Eh? —fue toda su respuesta.
—¡Por-dónde-se-va-a-Exotilandia! —repitió el profesor.
El inocente campesino dejó sus cubos en el suelo y se puso a pensar.
—Ah, yo no…