Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —DeberÃa mencionar —lo interrumpió precipitadamente el profesor— que cualquier cosa que diga podrá utilizarse como prueba en su contra.
El inocente campesino recogió al instante sus cubos.
—¡Tonces no diré na! —contestó con brusquedad, y se alejó a paso rápido.
Los niños observaron con tristeza la figura que se perdÃa rápidamente en la distancia.
—¡Camina muy deprisa! —comentó el profesor con un suspiro—. Pero sé que era lo que habÃa que decir. He estudiado vuestras leyes inglesas. En cualquier caso, preguntémosle a ese otro hombre que viene. No es inocente, ni un campesino…, pero no sé si alguno de los dos puntos posee una importancia vital.
Se trataba, de hecho, del honorable Eric Lindon, el cual, al parecer, habÃa cumplido con su tarea de acompañar a lady Muriel a casa y se encontraba ahora paseando tranquilamente frente a esta última, subiendo y bajando por el camino, y disfrutando de un solitario cigarro.
—Si no le es molestia, señor, ¿podrÃa decirnos el camino más corto a Exotilandia? —Pese a su apariencia extravagante, el profesor era, por esa naturaleza esencial que ningún disfraz serÃa capaz de ocultar, un caballero de los pies a la cabeza.