Silvia y Bruno
Silvia y Bruno Y, como tal, Eric Lindon lo aceptó de inmediato. Se quitó el cigarro de la boca y le dio unos delicados golpecitos para que cayera la ceniza, mientras meditaba su respuesta.
—El nombre no me suena —dijo—. No estoy seguro de poder ayudarle.
—No está muy lejos de Hadalandia —indicó el profesor.
Las cejas de Eric Lindon se elevaron un poco al escuchar estas palabras, y una sonrisa divertida, que educadamente trató de reprimir, se dibujó fugazmente en su apuesto semblante.
—¡Está un pelÃn chiflado! —murmuró para s×. ¡Pero es un anciano bien alegre! —Después se volvió hacia los niños—: ¿Y no podéis ayudarle vosotros, pequeños? —dijo con un tono de amabilidad que pareció ganárselos en el acto—. ¡Seguro que vosotros lo sabéis!
¿A cuántas millas está Babilonia?
Tres veces veinte más diez.
¿Puedo llegar sin más luz que una vela?
Asà es, ¡y hasta volver![*].