Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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Para mi sorpresa, Bruno corrió directo hacia él, como si se tratase de un viejo amigo, le agarró la mano que tenía desocupada y se colgó de ella con las dos suyas; y hete aquí a un alto y digno oficial en medio del camino, columpiando de un lado a otro con gesto serio a un muchachito, mientras Silvia aguardaba lista para darle un empujón a este, exactamente como si les hubieran proporcionado para su recreo un columpio de verdad.

—¡No queremos id a Babilonia, ¿sabe?! —explicó Bruno en pieno vaivén.

—Y no llevamos velas: ¡es de día! —agregó Silvia, dándole nuevo impulso al columpio, lo cual a punto estuvo de tirar al suelo la máquina entera.

A esas alturas estaba claro para mí que Eric Lindon no era consciente en absoluto de mi presencia. Incluso el profesor y los niños parecían haber dejado de verme, y yo permanecía en mitad del grupo, tranquilo como un fantasma, observando sin ser visto.

—¡Qué perfectamente isócrono! —exclamó el profesor con entusiasmo. Tenía su reloj en la mano, y estaba contando con atención las oscilaciones de Bruno—. ¡Mide el tiempo de manera tan precisa como un péndulo!


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