Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —Pero hasta los péndulos —apuntó el bondadoso y joven soldado, mientras liberaba su mano con cuidado del agarre de Bruno— ¡dejan de ser divertidos en algún momento! Vamos, ¡ya está bien, jovencito! La próxima vez que nos veamos, podrás repetir. Entretanto, más vale que llevéis a este anciano caballero a la calle Estrafalaria, número…
—¡La encontdaremos! —gritó Bruno entusiásticamente, mientras se llevaban al profesor, tirando de él.
—¡Estamos enormemente en deuda con usted! —dijo el profesor, girando la cabeza por encima de su hombro.

—¡No hay de qué! —contestó el oficial, levantando su sombrero a modo de despedida.
—¡¿Qué número dijo?! —voceó el profesor desde la lejanÃa.
El oficial hizo bocina con ambas manos.
—¡Cuarenta! —gritó de manera estentórea—. ¡Aunque no le he cantado las cuarenta, sà se las he gritado! —agregó para s×. ¡El mundo está loco, señores mÃos, loco de remate! —Encendió otro cigarro y siguió paseando hacia su hotel.
—¡Qué tarde más hermosa! —dije, uniéndome a él cuando pasó por mi lado.