Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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—¡Preciosa, desde luego! —coincidió—. ¿De dónde ha salido usted? ¿Ha caído de las nubes?

—Estoy dando un paseo en su misma dirección —señalé, y al parecer no hicieron falta más explicaciones.

—¿Quiere un cigarro?

—Gracias, no fumo.

—¿Hay algún manicomio en las inmediaciones?

—No, que yo sepa.

—Pensé que a lo mejor sí. Acabo de encontrarme con un lunático. ¡El viejo más estrafalario que jamás he visto!

Y así, charlando amistosamente, pusimos rumbo a casa y nos deseamos mutuamente «buenas noches» en la puerta de su hotel.

Ya a solas, noté cómo la sensación de «inquietud» me asaltaba de nuevo, y vi, frente a la puerta del número cuarenta, las tres figuras que tan bien conocía.

—Entonces, ¿esta no es la casa? —estaba diciendo Bruno.

—¡No, no! Es la casa correcta —respondió de manera jovial el profesor—, pero es la calle equivocada. ¡Ahí es donde hemos cometido el fallo! Lo mejor ahora será…


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