Silvia y Bruno
Silvia y Bruno Cómo hacer un flizz
La semana transcurrió sin que hubiera más comunicación con el Hall, pues Arthur temÃa obviamente que pudiéramos «desgastar su hospitalidad», pero cuando el domingo por la mañana salÃamos hacia la iglesia, accedà con gusto a su propuesta de dar un rodeo para preguntar por el earl, el cual, se decÃa, estaba indispuesto.
Eric, que se hallaba dando un paseo por el jardÃn, nos hizo un buen informe del estado del inválido, que seguÃa en cama, atendido por lady Muriel.
—¿Nos acompaña a la iglesia? —pregunté.
—No, gracias —repuso cortésmente—. No es… exactamente… lo mÃo, sabe usted. Es una institución magnÃfica… para los pobres. Cuando estoy con mi gente, voy; sólo por dar ejemplo. Pero aquà no me conocen, conque creo que me dispensaré de aguantar un sermón. ¡Los predicadores de los pueblos son siempre tan aburridos!
Arthur guardó silencio hasta que estuvimos fuera del alcance del oÃdo de Eric. Entonces dijo para sÃ, de forma casi inaudible:
—«Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allà estoy yo en medio de ellos»[*].
—Sà —asent×; no cabe duda de que ese es el principio sobre el que descansa la asistencia a la iglesia.
