Silvia y Bruno

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Capítulo 19

Cómo hacer un flizz

La semana transcurrió sin que hubiera más comunicación con el Hall, pues Arthur temía obviamente que pudiéramos «desgastar su hospitalidad», pero cuando el domingo por la mañana salíamos hacia la iglesia, accedí con gusto a su propuesta de dar un rodeo para preguntar por el earl, el cual, se decía, estaba indispuesto.

Eric, que se hallaba dando un paseo por el jardín, nos hizo un buen informe del estado del inválido, que seguía en cama, atendido por lady Muriel.

—¿Nos acompaña a la iglesia? —pregunté.

—No, gracias —repuso cortésmente—. No es… exactamente… lo mío, sabe usted. Es una institución magnífica… para los pobres. Cuando estoy con mi gente, voy; sólo por dar ejemplo. Pero aquí no me conocen, conque creo que me dispensaré de aguantar un sermón. ¡Los predicadores de los pueblos son siempre tan aburridos!

Arthur guardó silencio hasta que estuvimos fuera del alcance del oído de Eric. Entonces dijo para sí, de forma casi inaudible:

—«Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos»[*].

—Sí —asentí—; no cabe duda de que ese es el principio sobre el que descansa la asistencia a la iglesia.


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