Silvia y Bruno
Silvia y Bruno No se asesinó la noble música contenida en la Biblia y la liturgia, por medio de su recitación en un apagado tono monocorde, sin más expresividad que una muñeca parlante.
No, las oraciones se rezaron, las lecturas se leyeron y —lo mejor de todo— el sermón se hizo hablado; y me vi repitiendo, cuando salíamos de la iglesia, las palabras de Jacob cuando «despertó de su sueño»: «¡No hay duda de que el Señor se encuentra aquí! “Esta no es sino la casa del Señor, y esta la puerta del Cielo”».
—Sí —asintió Arthur, aparentemente en respuesta a mis pensamientos—, esos servicios de la «Iglesia alta» se están convirtiendo rápidamente en puro formalismo. La gente está empezando a verlos cada vez más como «espectáculos», a los cuales únicamente «asisten» en el sentido francés. Y resulta especialmente perjudicial para los niños. Se sentirían mucho menos cohibidos disfrazados de hadas en un musical navideño. Con todas esas vestiduras y entradas y salidas a escena, y hallándose siempre en évidence, ¡no me sorprende que la vanidad consuma a esos petimetres descarados!
Cuando pasamos por delante del Hall, en nuestro regreso, vimos al earl y a lady Muriel sentados en el jardín. Eric se había ido a dar una vuelta.