Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —Eso espero —contestó Arthur—, y, aunque no quiero ver legalizadas las «disputas en la iglesia», debo decir que nuestros pastores disfrutan de un enorme privilegio, que malamente merecen, y del cual abusan de manera terrible. Ponemos a nuestro hombre en un púlpito y prácticamente le decimos: «Ahora puedes hablarnos desde ahà durante media hora. ¡No abriremos la boca siquiera para interrumpirte! ¡Todo se hará a tu gusto!». ¿Y qué nos da él a cambio? PalabrerÃa estúpida, que, de serte dirigida durante una cena, pensarÃas: «¿Es que me toma por idiota?».
El regreso de Eric de su paseo refrenó la marea de la elocuencia de Arthur y, tras unos minutos de charla sobre temas más convencionales, nos dispusimos a marcharnos. Lady Muriel nos acompañó a la cancela de la casa.
—Me ha dado mucho en lo que pensar —dijo con profunda franqueza, mientras le daba la mano a Arthur—. ¡Me alegra tanto que haya venido! —Y sus palabras provocaron que el pálido y fatigado rostro de él se iluminara con auténtico placer.