Silvia y Bruno
Silvia y Bruno El semblante de la niña mostraba finura, pero también agotamiento y tristeza, y contaba una historia (o eso fue lo que me pareció leer) de gran enfermedad y sufrimiento, sobrellevada con dulzura y paciencia. Portaba una pequeña muleta con la que ayudarse al andar; y ahora se encontraba plantada frente a larga escalera, mirándola con gesto taciturno, esperando aparentemente a poder reunir el coraje suficiente para emprender el penoso ascenso.
Hay cosas que uno dice —y también hace— en la vida que salen de manera automática, por un acto reflejo, como lo llaman los fisiólogos (lo cual, sin duda, significa acto «sin reflexión», tal como se dice que lucus deriva dea non lucendo[*]. Cerrar los párpados, cuando algo parece volar hacia el ojo, es uno de tales actos, y decir: «¿Puedo ayudar a la niña a subir las escaleras?» constituyó otro. No fue que se me ocurriera pensamiento alguno de ofrecer ayuda, y que después hablara; el primer indicio que tuve de la probabilidad de dicho ofrecimiento fue el sonido de mi propia voz, y descubrir que había sido realizado. La criada calló por unos momentos, paseando dubitativamente su mirada de la niña a su cargo hasta mí, y luego de nuevo a ella.
—¿Te gustaría, querida? —le preguntó. Pero por la mente de la niña no pareció pasar tal duda: levantó los brazos ansiosa por ser llevada a cuestas.