Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —¡Por favor! —fue todo lo que dijo, mientras una leve sonrisa se dibujaba fugazmente en el cansado y pequeño rostro. La levanté con escrupuloso cuidado, y su bracito se aferró al instante de mañera confiada alrededor de mi cuello.
La niña pesaba muy poco —tan poco, de hecho, que se me pasó por la cabeza la ridÃcula idea de que me estaba resultando bastante más fácil subir con ella en brazos que si no la llevase—, y, cuando alcanzamos el camino en lo alto, con sus surcos producidos por carros y sus piedras sueltas —obstáculos formidables todos ellos para una niña coja—, descubrà que de mis labios habÃa salido: «Más vale que cargue con ella durante este tramo tan accidentado», antes de haber establecido ninguna conexión mental entre su escabrosidad y mi pequeña y mansa carga.
—¡Ya se ha tomado demasiadas molestias, señor! —exclamó la criada—. Ella puede caminar perfectamente en llano. —Pero al oÃrse la sugerencia, el brazo ceñido a mi cuello se cerró apenas un poquitin más en torno a él, e hizo que me decidiera a contestar:
—De veras que no pesa nada. La llevaré un poco más. Voy en su misma dirección.