Silvia y Bruno
Silvia y Bruno La niñera no planteó más objeciones, y el siguiente en hablar fue un niño andrajoso, descalzo y con una escoba al hombro, que cruzó el camino y simuló barrerlo frente a nosotros, aunque se encontraba perfectamente seco:
—¡Denos medio penique! —suplicó el golfillo, con una sonrisa de oreja a oreja en su sucia cara.
—¡No se lo dé! —advirtió la damita en mis brazos. Las palabras parecían duras, pero su tono era la ternura personificada—. ¡Es un pequeño gandul! —Y emitió una dulce risa argentina que jamás había oído de otros labios que no fueran los de Silvia. Para mi asombro, el muchacho, de hecho, comenzó igualmente a reír, como si existiera una cierta complicidad sutil entre los dos, cuando echó a correr por el camino y desapareció por un agujero en el seto.
Pero regresó enseguida, tras haberse deshecho de la escoba y provisto de un exquisito buqué de flores de misterioso origen.
—¡Compre un ramillete, compre un ramillete! ¡Sólo medio penique! —salmodió, arrastrando melancólicamente las palabras como un mendigo profesional.
—¡No se lo compre! —fue el edicto de Su Majestad, mientras observaba la harapienta criatura a sus pies con una altanería que parecía curiosamente mezclada con un tierno interés por ella.