Silvia y Bruno
Silvia y Bruno Pero esta vez me rebelé, e ignoré el mandato real. No renunciarÃa a unas flores tan preciosas, y con unas formas tan completamente nuevas para mÃ, por orden de ninguna jovencita, por muy imperiosa que esta fuese. Compré el buqué, y el chiquillo, tras meterse el medio penique en la boca, hizo el pino, como si quisiera determinar si la boca humana está realmente adaptada para servir de hucha.
Con un asombro que crecÃa por momentos, dirigà mi atención a las flores, y las examiné una por una: no habÃa ni una sola entre ellas que pudiese recordar haber visto con anterioridad. Finalmente me volvà hacia la niñera.
—¿Crecen estas flores por aquà de manera silvestre? Jamás he visto… —pero las palabras murieron en mis labios. ¡La niñera se habÃa volatilizado!
—Ya puede bajarme, si quiere —señaló Silvia suavemente.
Yo obedecà sin decir nada, y no pude hacer otra cosa que preguntarme: «¿Estoy soñando?», al descubrir a Silvia y Bruno caminando uno a cada lado de mÃ, cogidos de mis manos con la pronta confianza de la niñez.
—¡Ahora sois más grandes que la última vez! —empecé por decir—. ¡Creo de veras que deberÃamos presentarnos de nuevo! Hay mucho de vosotros que nunca he visto antes, ¿sabéis?