Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —¡Está bien! —respondió alegremente Silvia—. Este es Bruno. No se tarda nada. ¡Sólo tiene un nombre!
—¡Tengo otdo nombde! —protestó Bruno, con una mirada de reproche a la maestra de ceremonias—. Y es… ¡señod!
—Oh, por supuesto. Lo olvidé —dijo Silvia—. ¡Señor… Bruno!
—¿HabĂ©is venido a verme a mĂ, niños? —preguntĂ© yo.
—Recuerde que le dijimos que vendrĂamos el martes —explicĂł Silvia—. ÂżTenemos el tamaño adecuado para ser niños normales?
—Totalmente adecuado para ser niños —contesté, añadiendo mentalmente: «¡Aunque no seáis niños “normales”, en modo alguno!»—. ¿Pero qué le ha pasado a la niñera?

—¡Ya no está! —respondió Bruno con solemnidad.
—¿Entonces no era sólida, como Silvia y tú?
—No. No pederĂa tocadla, Âżsabe? Si caminara hacia ella, ¡la atdavesarĂa!
—De veras que pensĂ© que se darĂa cuenta —dijo Silvia— cuando Bruno la hizo pasar accidentalmente por un poste de telĂ©grafo. AcabĂł partida por la mitad. Pero usted estaba mirando en la direcciĂłn contraria.