Silvia y Bruno
Silvia y Bruno Las flores no disminuyeron su desasosiego. Por el contrario, se fue poniendo más y más nervioso a medida que las examinaba.
—¡Estas son todas de la India central! —exclamó, dejando a un lado parte del buqué—. Son raras, incluso allÃ, y nunca las he visto en ningún otro punto del mundo. Estas dos son mexicanas… Esta… —Se levantó apresuradamente y la llevó a la ventana para examinarla con más luz, mientras el rubor producido por la emoción se le subÃa hasta la misma frente—… es, estoy casi seguro… pero tengo aquà un libro de plantas de la India… —Cogió un volumen de la librerÃa y se puso a pasar las páginas con dedos temblorosos—. ¡SÃ! ¡Compárela con este dibujo! ¡Es idéntica! Esta es la flor del upas, un árbol que crece por lo general sólo en el corazón de la selva; y la flor se marchita tan rápido una vez cortada, ¡que resulta prácticamente imposible conservar su forma o color más allá siquiera de sus contornos! Y, aun asÃ, ¡esta está en plena floración! ¿Dónde ha conseguido estas flores? —añadió con jadeante ansiedad.
Yo le eché una mirada a Silvia, quien, silenciosa y solemnemente, se llevó un dedo a los labios, y luego le hizo una seña a Bruno para que la siguiera, y corrió afuera al jardÃn; y me vi en la situación de un acusado en un juicio cuyos dos principales testigos han sido conducidos repentinamente fuera de la sala.