Silvia y Bruno

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—¡Permítame regalarle las flores! —balbuceé finalmente, sin idea alguna de cómo salir del atolladero—. ¡Usted sabe mucho más que yo sobre ellas!

—¡Las acepto con sumo agradecimiento! Pero todavía no me ha dicho… —había comenzado a decir el earl, cuando fuimos interrumpidos, para mi gran alivio, por la llegada de Eric Lindon.

Para Arthur, sin embargo, el recién llegado era, como vi claramente, cualquier cosa menos bienvenido. El semblante se le nubló; se retiró un poco del círculo, y no tomó más parte en la conversación, que fue mantenida del todo, durante algunos minutos, por lady Muriel y su animado primo, los cuales estaban discutiendo sobre unas nuevas partituras musicales que acababan de llegar de Londres.

—¡Prueba a tocar sólo esta aunque sea! —rogó él—. La melodía parece fácil de cantar a primera vista, y la canción resulta totalmente apropiada para la ocasión.

—Entonces supongo que es:

¡Té de las cinco!

¡Siempre yo habré

de serte fiel,

té de las cinco!

—rio lady Muriel, mientras se sentaba al piano, y atacaba con suavidad unos cuantos acordes al azar.


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