Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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—¿Por qué no? —repliqué yo—. Sabes que tuve que darle las flores para que dejara de hacer preguntas.

—Sí, ya no hay remedio —terció Silvia—, ¡pero les dará lástima cuando descubran que han desaparecido!

—¿Cómo van a desaparecer?

—Bueno, el cómo, no lo sé. Pero se esfumarán. El ramillete no era más que un flizz, ¿sabe? Bruno lo creó.

Estas últimas palabras las dijo en susurros, ya que evidentemente no quería que Arthur las oyera. Pero de esto parecía existir un riesgo muy pequeño: apenas daba impresión de ser consciente de la presencia de los niños, sino que caminaba con paso lento, silencioso y abstraído; y cuando, a la entrada del bosque, nos dijo adiós de forma apresurada y se alejó a la carrera, parecía haber despertado de una ensoñación.

El buqué se desvaneció, como Silvia había augurado, y uno o dos días después, al realizar Arthur y yo una nueva visita al Hall, encontramos al earl y a su hija, junto con la anciana ama de llaves, fuera en el jardín, examinando los cierres de la ventana del salón.

—Estamos llevando a cabo una investigación —explicó lady Muriel, acercándose para recibirnos—, y los admitimos en ella, como inductores del suceso, para que nos cuenten todo lo que saben acerca de esas flores.


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