Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —No es más que el siguiente: ¿qué objeto podemos presumir al orden por el cual cada tamaño distinto, grosso modo, de criaturas vivientes se corresponde con una forma concreta? Por ejemplo, la raza humana posee un tipo de forma: bÃpeda. Otro conjunto, que va del león al ratón, es cuadrúpedo. Baje un peldaño o dos más y llegará a los insectos de seis patas: hexápodos; un nombre precioso, ¿no es cierto? Pero la belleza, en nuestro sentido de la palabra, parece disminuir a medida que descendemos: la criatura se vuelve más… yo no calificarÃa de «fea» a ninguna de las criaturas de Dios… más tosca. Y, cuando cogemos el microscopio, y seguimos bajando, nos topamos con animálculos, terriblemente toscos, ¡y con un número de patas inmenso!
—La alternativa —interpuso el earl serÃa una serie in diminuendo de repeticiones del mismo tipo. Olvidemos su monotonÃa: veamos de qué otros modos funcionarÃa. Comencemos por la raza de los hombres y las criaturas que necesita: digamos caballos, vacas, ovejas y perros… las ranas y las arañas no nos son exactamente necesarias, ¿verdad, Muriel?
Lady Muriel se estremeció perceptiblemente: saltaba a la vista que era un tema desagradable.
—Podemos prescindir de ellas —contestó muy seria.
—Bien, entonces tendremos una segunda raza de hombres, de medio metro de altura…