Silvia y Bruno

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—¡… que tendrían una fuente de exquisito placer, de la que carecen los hombres ordinarios! —interrumpió Arthur.

—¿Cuál? —inquirió el earl.

—¡La grandiosidad del paisaje, cuál si no! Está claro que la grandiosidad de una montaña, según mi percepción, depende de su tamaño relativo con el mío. Doble la altura de la montaña, y naturalmente se vuelve dos veces más grandiosa. Reduzca la mía a la mitad, y producirá el mismo efecto.

—¡Dichosos, dichosos, dichosos los bajos! —musitó lady Muriel con entusiasmo—. ¡Pues sólo ellos, sólo ellos, sólo ellos disfrutan de los altos!

—Pero déjeme proseguir —pidió el earl—. Tendremos una tercera raza de hombres, de diez centímetros de altura; una cuarta, de dos centímetros…

—¡No podrían comer ternera y carnero normal, estoy segura! —interpuso lady Muriel.

—Cierto, hija mía, se me olvidaba. Cada grupo debe tener sus propias vacas y ovejas.

—Y su propia vegetación —añadí yo—. ¿Qué podría hacer una vaca de dos centímetros de altura con una hierba que se mece con el viento muy por encima de su cabeza?


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