Silvia y Bruno

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Por algún motivo que en aquel momento no fui capaz de adivinar, Arthur se hallaba inusualmente serio y callado durante nuestro camino a casa. No podía tener que ver con Eric Lindon, reflexioné, pues este llevaba unos días en Londres; de modo que, teniendo a lady Muriel prácticamente «para él solo» —pues yo me encontraba tan sumamente encantado de oírlos conversar a los dos que no quise interponer ningún comentario propio—, debería, en teoría, haber estado especialmente radiante y contento con la vida. «¿Le habrán dado acaso alguna mala noticia?», dije para mis adentros. Y, casi como si me hubiese leído el pensamiento, dijo:

—Llegará en el último tren —anunció en el tono de quien está continuando una conversación en vez de empezando otra.

—¿Te refieres al capitán Lindon?

—Sí, el capitán Lindon —asintió Arthur—. Obvié su nombre porque me pareció que estábamos hablando de él. El earl me dijo que llega esta noche, aunque mañana es el día en que sabrá si le conceden el ascenso que está esperando. Me extraña que no se quede un día más en la ciudad para enterarse del resultado, si es que realmente le preocupa tanto como piensa el earl.

—Se lo pueden notificar mediante un telegrama —apunté yo—, ¡pero no es muy propio de un soldado salir corriendo ante posibles malas noticias!


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