Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —Regresó anoche mismo —explicó el rector, una vez concluidos los besos—: ha estado viajando tan rápido como le ha sido posible, las últimas mil millas aproximadamente, para poder asistir al cumpleaños de Silvia. Pero es muy madrugador, y me figuro que estará ya en la biblioteca. Acompañadme a verlo. Siempre es amable con los niños. Seguro que os cae bien.
—¿Ha venido también el otdo pdofesod? —preguntó Bruno con voz temerosa.
—SÃ, llegaron juntos. El otro profesor es… bueno, es posible que él no os caiga tan bien. Es algo más «soñador», ¿sabéis?
—Ojalá Silvia fuera algo más soñadora —comentó Bruno.
—¿A qué te refieres, Bruno? —dijo Silvia.
Su hermano siguió dirigiéndose a su padre.
—Dice que no puede, ¿sabes? Pero yo cdeo que no es que no pueda, es que no quiere.
—¡Que no puede soñar! —repitió el perplejo rector.
—Eso dice —insistió Bruno—. Cuando le digo: «¡Dejemos ya las leciones!», ella dice: «Oh, ¡eso ni soñadlo!».
—Siempre quiere dejar las lecciones —explicó Silvia— a los cinco minutos de haber empezado.