Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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—¡Cinco minutos de lecciones al día! —dijo el rector—. ¡A ese ritmo no aprenderás mucho, jovencito!

—Eso es justo lo que dice Silvia —replicó Bruno—. Dice que no quiero apdended mis leciones. Y yo le digo, una y otda vez, que no puedo hacedlo. ¿Y qué cdees que dice ella? Dice: «No es que no puedas, ¡es que no quieres!».

—Vayamos a ver al profesor —dijo el rector, evitando sabiamente continuar con la discusión. Los niños se bajaron de sus rodillas, cada uno de ellos agarró una mano, y el feliz trío echó a andar hacia la biblioteca, conmigo detrás. Para entonces, yo había llegado ya a la conclusión de que nadie (a excepción, durante unos breves momentos, del lord canciller) era capaz en absoluto de verme.

—¿Y qué le pasa? —preguntó Silvia, caminando de manera un poco más tranquila de lo normal, con idea de servir de ejemplo a Bruno, el cual no paraba de brincar al otro lado.

—Lo que le pasaba, aunque espero que ya esté recuperado, era lumbago, reumatismo y esa clase de cosas. Ha estado tratándose a sí mismo, ¿sabéis?: es un doctor muy sabio. De hecho, ha inventado tres nuevas enfermedades, ¡además de una nueva forma de romperse la clavícula!

—¿Y es buena? —inquirió Bruno.


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