Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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—Ah, esto… no mucho —dijo el rector, cuando entrábamos ya en la biblioteca—. Y aquí está el profesor. ¡Buenos días, profesor! ¡Espero que haya descansado bien tras su viaje!

Un hombre regordete y de aspecto jovial, ataviado con una toga floreada y con un libro de gran tamaño debajo de cada brazo, entró con paso presto por el extremo contrario de la sala, y empezó a cruzarla en línea recta sin reparar en los niños.

—Estoy buscando el tercer volumen —dijo—. ¿Por un casual no lo habrá visto?

—¡Es a mis hijos a quienes no está viendo usted, profesor! —exclamó el rector, agarrándolo por los hombros y dándole la vuelta para que los mirara.

El profesor se carcajeó con fuerza: después los observó atentamente a través de sus grandes anteojos, durante unos instantes, sin decir nada.

Finalmente, se dirigió a Bruno:

—Espero que hayas pasado una buena noche, hijo.

Bruno puso cara de desconcierto.

—He pasado la misma noche que usted —contestó—. ¡Sólo ha habido una desde ayed!

Ahora fue el turno del profesor de parecer desconcertado. Se quitó los anteojos y los limpió con su pañuelo. Después volvió a mirar a los niños. Luego se giró hacia el rector.


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