Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —¡Pues claro! —asintió Bruno—. Cuando no tienen que luchad, los soldados hacen toda clase de tdabajitos, ¿sabe?
Me hizo gracia la idea de que encontrar al bebé de la reina se considerase «un trabajito».
—¿Pero cómo lo habéis perdido? —pregunté.
—Lo dejamos dentro de una flor —explicó Silvia, que acababa de unÃrsenos, con los ojos bañados en lágrimas—. ¡Pero no podemos recordar cuál!
—Dice que lo ponimos en una flod —interrumpió Bruno— podque no quiere que me castiguen a mÃ. Pero fui yo en dealidad el que lo hizo. Silvia estaba cogiendo dieleontes.
—No se dice «lo ponimos» —apuntó Silvia con gran seriedad.
—Bueno, entonces «le ponimos» —saltó su hermano—. ¡Nunca logdo decoddad cuándo hay que usad «lo» y cuándo «le»!
—Dejad que os ayude a buscarlo —me ofrecÃ. De modo que Silvia y yo iniciamos una «expedición» entre todas las flores, pero no dimos con ningún bebé.
—¿Dónde está Bruno? —pregunté, una vez completado nuestro recorrido.
—Está ahà abajo, en esa zanja —indicó Silvia—, entreteniendo a una joven rana.