Silvia y Bruno
Silvia y Bruno Me puse a cuatro patas para buscarlo, ya que sentía una enorme curiosidad por saber cómo se «debería» entretener a una joven rana. Tras un minuto escrutando la zanja, lo vi sentado al borde de la misma, al lado de la pequeña rana, con expresión bastante desconsolada.
—¿Cómo te va, Bruno? —dije, saludándolo con la cabeza, cuando levantó la vista.
—¡Ya no puedo seguid entdeteniéndola —contestó Bruno, muy afligido— podque no quiere decid qué le gustaría haced ahora! Ya le he enseñado todas las lentejas de agua y una ladva viva de fdigánea, ¡pero no contesta! ¿Qué… te apetece… haced? —chilló en el oído de la rana, pero la pequeña criatura se quedó sentada, completamente en silencio, ignorándolo—. ¡Cdeo que es sodda! —dijo Bruno, alejándose con un suspiro—. Ya es hora además de pdeparad el teatdo.
—¿Para qué público?
—Sólo dañas —declaró Bruno—. Pero aún no han venido. Hay que conducidlas hasta aquí ariba, como si fuesen ovejas.
—¿Ahorraría tiempo —sugerí— que yo fuera con Silvia, para guiar a las ranas hasta aquí, mientras tú preparas el teatro?
—¡Es un buen plan! —gritó Bruno—. ¿Pero dónde está Silvia?