Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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—Dicen: «¡Tene-dor! ¡Tene-dor!». ¡Vaya una tontería! ¡No vais a tener tenedores! —anunció con cierta severidad—. ¡Las que quieran comida solamente tienen que abrir la boca para que Bruno se la dé!

En ese momento apareció Bruno, que vestía un pequeño delantal blanco para mostrar que era cocinero, y llevaba una sopera con un líquido de aspecto muy extraño. Lo observé con atención mientras se movía entre las ranas, pero no alcancé a ver que ninguna de ellas abriera la boca para que le dieran de comer —salvo una muy joven, la cual, estoy casi seguro, lo hizo accidentalmente, en un bostezo—. No obstante, Bruno le echó de inmediato una gran cucharada de sopa en la boca, y la pobrecilla se pasó un rato tosiendo con violencia.

De manera que Silvia y yo tuvimos que compartir la sopa y fingir que nos gustaba, pues ciertamente se trataba de una receta muy rara.

Yo sólo me atreví a tomar una cucharada (Bruno la llamó la «Sopa Veraniega de Silvia»), y debo confesar con sinceridad que no estaba nada buena, y no consiguió sorprenderme que un número tan grande de invitados hubiese mantenido la boca firmemente cerrada.

—¿De qué está hecha la sopa, Bruno? —preguntó Silvia, que se había acercado a los labios una cucharada de la misma y la observaba con el gesto torcido.

La respuesta de Bruno fue de todo menos alentadora.


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