Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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Cuando al fin apareció caracterizado de sí mismo, noté un sensible cambio en su comportamiento. No ejecutó más volteretas. Obviamente opinaba que, por muy apropiado que pudiera ser el hábito de hacer el pino para don nadies como Hamlet y el rey Lear, Bruno jamás sacrificaría su dignidad hasta tal punto. Pero quedaba claro de igual modo que no se sentía totalmente a gusto, a solas en el escenario, sin un disfraz, y aunque comenzó a recitar, varias veces: «Había un datón…», no cesaba de mirar arriba y abajo, y en todas direcciones, como si buscase un sitio más cómodo desde el que contar el cuento. A un lado del escenario, el cual cubría parcialmente, había una alta dedalera que, meciéndose suavemente de acá para allá con la brisa de la tarde, parecía ofrecer exactamente el tipo de acomodo que deseaba el orador. Una vez decidido el sitio, sólo le hicieron falta unos segundos para trepar a toda prisa por el tallo como una ardilla diminuta y sentarse a horcajadas sobre su arco superior, donde había una mayor acumulación de flores con forma de dedal, y desde donde podía dominar toda su audiencia a tal altura que su timidez desapareció por completo, e inició su relato en actitud jovial.





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