Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —¡SÃ, un dey de los pies a la cabeza! —Y a continuación calló, como si se hallara considerando cuál podÃa ser el mejor modo de demostrar esto. Y aquÃ, con todo el respeto posible a Bruno como crÃtico shakespeariano, debo expresar mi opinión de que no era intención del poeta que sus tres grandes héroes trágicos tuviesen unos hábitos personales tan extrañamente parecidos; al igual que tampoco creo que hubiera aceptado la facultad de hacer el pino como prueba alguna de pertenencia a una casta real. Mas, al parecer, el rey Lear, tras una profunda reflexión, fue incapaz de dar con ningún otro argumento con el que probar su realeza, y, como aquel era el último de los «fragmentos» de Shakespeare («Nunca hacemos más de tres», explicó Silvia en susurros), Bruno ofreció al público una larguÃsima serie de piruetas antes de retirarse por fin, dejando a las extasiadas ranas en un clamor conjunto de «¡Otro! ¡Otro!» que supongo constituÃa su modo de pedir un bis. Pero Bruno no resurgió en escena hasta que llegó el momento de contar la historia.