Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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Para mí eran solamente unos cuantos pasos, pero una gran cantidad para Silvia; de modo que tuve que poner mucha atención en caminar despacio, a fin de no dejar a la criaturita tan atrás como para perderla de vista.

Dar con las lecciones de Bruno resultó bastante fácil: parecían estar escritas con pulcritud sobre unas grandes y lisas hojas de hiedra que se encontraban desperdigadas con cierto desorden por una pequeña zona de terreno en la que la hierba se había ajado hasta desaparecer, pero al pálido estudiante, que debería haber estado justamente inmerso en su lectura, no se lo veía por ninguna parte; lo buscamos por doquier, en vano, durante un rato, pero, finalmente, los agudos ojos de Silvia lo hallaron columpiándose de un zarcillo de hiedra, y su severa voz ordenó su regreso inmediato a tierra firme y a sus tareas cotidianas.

«Primero el placer y luego el trabajo» parecía ser el lema de estos diminutos seres, en vista de la cantidad de abrazos y besos que hubieron de intercambiar antes de poder pasar a otra cosa.

—Y bien, Bruno —empezó Silvia en tono de reproche—, ¿no te dije que debías continuar con tus lecciones, a menos que oyeras lo contrario?

—¡Es que oí lo contdario! —sostuvo Bruno, con un brillo travieso en la mirada.

—¿Qué fue lo que oíste, diablillo?


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