Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —Una especie de duido en el aire —señaló Bruno—, como si algo se moviera. ¿No lo oyó usted, hombde señod?
—¡En cualquier caso, no te tienes que dormir en tus lecciones, perezoso! —le riñó su hermana, pues Bruno se habÃa arrebujado con la «lección» más grande y estaba colocando otra a modo de almohada.
—¡No estaba dodmido! —se quejó Bruno, en tono profundamente ofendido—. ¡Cuando ciero los ojos, eso quiere decid que estoy despiedto!
—A ver, entonces, ¿cuánto has aprendido?
—Un poquitÃn muy minusculÃsimo —dijo Bruno con pudor, claramente temeroso de exagerar sus logros—. ¡No puedo apdended más!
—¡Oh, Bruno! Sabes que si quisieras, podrÃas.
—¡Claro que puedo, si quiero! —replicó el pálido estudiante—. ¡Pero no puedo, si no quiero!
Silvia tenÃa una forma —que no me resultaba excesivamente admirable— de evitar las paradojas lógicas de Bruno consistente en pasar súbitamente a otro orden de cosas, estratagema maestra que adoptó en esta ocasión.
—Bueno, hay una cosa que debo decir…
—¿SabÃa usted, hombde señod —comentó Bruno con aire contemplativo—, que Silvia no puede contad? Cada vez que suelta: «hay una cosa que debo decid», ¡sé pedfectamente que dirá dos! Y siempde lo hace.