Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —Yo siempde me apdendo mis leciones —dijo Bruno—. ¡Son las de Silvia las que me cuestan horores! —Frunció el entrecejo, como si estuviese realizando un terrible esfuerzo mental, y se dio unos golpecitos en la frente con los nudillos—. ¡Mi coco no me pedmite entededlas! —explicó con desesperación—. ¡Cdeo que me hacerÃan falta dos cocos!
—¿Pero a dónde ha ido Silvia?
—¡Eso es justo lo que yo quiero sabed! —señaló desconsolado—. ¿De qué sidve que me ponga leciones, si luego no está aquà para esplicad las padtes difÃciles?
—¡Yo la encontraré por ti! —me ofrecÃ, y, levantándome, di una vuelta alrededor del árbol bajo cuya sombra me habÃa reclinado, mientras buscaba a Silvia por todos lados. Un minuto después volvà a advertir una cosa extraña que se movÃa entre la hierba y, al ponerme de rodillas, me topé de inmediato con la inocente cara de Silvia, iluminada por una gozosa expresión de sorpresa causada por mi presencia, y me vi saludado, por la dulce voz que tan bien conocÃa, con lo que parecÃa ser el final de una frase cuyo comienzo no habÃa alcanzado a oÃr.
—… y creo que ya deberÃa haber terminado con ellas. Asà que voy a volver con él. ¿Quiere acompañarme? Está aquà a la vuelta de este árbol.