Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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Me disponía a decir «me temo que no conozco la letra», cuando Silvia le dio la vuelta en silencio al mapamundi y descubrí que estaba escrita de principio a fin en su parte de atrás. Era una canción muy peculiar, por lo siguiente: el estribillo de cada estrofa aparecía en mitad de ella, en vez de al final. No obstante, la melodía era tan sencilla que no tardé en cogerla, y también logré hacer el estribillo coral; bueno, tal vez, hasta donde ello le es posible a una sola persona. Mis gestos hacia Silvia para que me ayudase fueron en vano; se limitó a sonreír con dulzura mientras negaba con la cabeza.

El martín pescador cortejaba a la mariquita

—¡Cantad Oseznos, cantad Ornitorrincos y Olivos!—:

«A ningún otro encontrarás —dijo—

con tan magnífica testa, de fijo;

con una barba como cuajada, de tan blanquita;

¡con unos ojos tan expresivos!».

«Cabeza tienen los alfileres —respondió ella.

—¡Cantad Erizos, cantad Ensaladas y Esqueleto!

Y estos, dondequiera que los clave,

permanecen, por lo que son, ¿sabe?,

en mi opinión, opción infinitamente más bella


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