Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —¡Sà que deberÃa, pillo, más que pillo! ¿Cómo te atreves a pensar siquiera en ello? ¡Y cierra esa boca ahora mismo!
Y, como «esa boca» no parecÃa inclinada a ello, Silvia la cerró por él —con ambas manos y la selló con un beso, igual que uno harÃa con una carta.
—Ahora que Bruno ya no puede hablar —dijo a continuación, volviéndose hacia m×, le enseñaré el mapa sobre el que estudia sus lecciones.
Y ahà estaba, un gran mapamundi, extendido sobre el suelo. Era tan grande que Bruno tuvo que moverse por encima de él a gatas para señalar los lugares nombrados en la «lección del martÃn pescador».
—Cuando un madtÃn pescadod ve una mariquita que se aleja volando, dice: «No sientas Timor, que soy muy PacÃfico». Y cuando la atdapa, dice: «¡Deja de moverte para todos Laos, que me Kansas!». Cuando la tiene entde sus garas, dice: «¡Se te acabaron los Buenos Aires!». Cuando se la mete en el pico, dice: «Ahora te voy a Catar». Y cuando se la ha tdagado, dice: «Vas a conocer mis Honduras». Ya está.
—Absolutamente perfecto —lo felicitó Silvia—. Ahora puedes cantar la «Canción del martÃn pescador».
—¿Cantará usted el estdibillo? —inquirió Bruno dirigiéndose a mÃ.