Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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—Sí, milady, el cambio es en Fayfield —fueron las siguientes palabras que oí (¡oh, ese jefe de tren excesivamente obsequioso!)—, la próxima estación no, la siguiente. —La puerta se cerró, la dama tomó asiento en su rincón y la monótona vibración de la locomotora (que le hacía a uno sentir como si el tren fuera un monstruo gigantesco, cuya circulación pudiera percibirse) anunció que retomábamos la marcha una vez más. «La dama tiene una nariz perfectamente formada —me descubrí diciendo para mis adentros—, ojos avellana, y labios…», y en ese momento se me ocurrió que ver, con mis propios ojos, qué aspecto tenía realmente «la dama», resultaría más satisfactorio que un montón de especulaciones.

Me giré con cuidado, y… mis esperanzas se vieron completamente truncadas. El velo, que le ocultaba el rostro entero, era demasiado grueso como para poder ver nada aparte del destello de unos ojos brillantes y el vago contorno de lo que tal vez fuera una encantadora cara ovalada, pero que también podía constituir, igual y desgraciadamente, una que no lo fuera en absoluto. Cerré los ojos de nuevo, diciéndome a mí mismo: «¡… no podía presentárseme mejor ocasión para un experimento telepático! Imaginaré su rostro y luego compararé el retrato con el original».


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