Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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—¿Y adónde fue? —pregunté, esperando impedir una discusión.

—Se madchó muy lejísimos, a un lugad que nunca antes había veído —explicó Bruno.

—No se dice «veído» —lo corrigió Silvia—; deberías decir siempre «visto».

—Entonces tú no deberías pdeguntad: «¿Te has “leído” ya la lección?», ¡sino que deberías decid siempde que soy muy «listo»!

Esta vez Silvia eludió la discusión dándose la vuelta y poniéndose a enrollar el mapamundi.

—¡Las lecciones han terminado! —proclamó con una voz de lo más melodiosa.

—¿Nada de lloros? —inquirí—. ¿No lloran siempre los niños pequeños cuando han de estudiar sus lecciones?

—Yo nunca lloro después de las doce —dijo Bruno—, podque entonces queda poco para la hora de la cena.

—A veces, por la mañana —apuntó Silvia en voz baja—, los días que toca lección de Geografía, cuando ha sido desobe…

—¡Mira quién fue a hablad, Silvia! —corrió a interrumpirla Bruno—. ¿Acaso cdees que el mundo se hizo para que hablases?

—¿Y dónde quieres que hable, entonces? —repuso Silvia, claramente preparada para discutir.


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