Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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Pero Bruno contestó de manera resuelta:

—No voy a discutid, podque se está haciendo tadde, y no habdá tiempo… ¡pero estás más equivocada que nunca! —Y se frotó los ojos, en los que unas lágrimas comenzaban a relucir, con el dorso de la mano.

Los ojos de Silvia se empañaron al instante.

—¡No hablaba en serio, Bruno, cariño! —susurró, y el resto de la discusión se perdió «entre los enmarañados cabellos de Neaera», mientras los dos participantes se abrazaban y besaban el uno al otro.

Pero esta nueva forma de reñir fue conducida a un repentino fin por un relámpago, que se vio seguido de cerca por un trueno y por un torrente de gotas de lluvia que bajaban silbando y escupiendo, casi como criaturas vivas, a través de las hojas del árbol que nos servía de refugio.

—¡Vaya, está lloviendo a cántaros! —dije.

—¡Y dentdo de los cántaros había un montón de sedpientes! —comentó Bruno.

El golpeteo de la lluvia cesó un minuto más tarde, tan abruptamente como había empezado. Yo salí de debajo del árbol y comprobé que la tormenta había pasado; pero, al regresar, mis intentos de encontrar a mis diminutos acompañantes fueron inútiles. Se habían desvanecido con la tormenta, y no me quedó más remedio que tratar de disfrutar al máximo mi camino de vuelta al hogar.


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