Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —Déjeme pensar un momento —pedÃ, y durante unos minutos seguimos caminando en silencio, mientras yo, afligido ante la visión del amargo sufrimiento que habÃa venido a caer sobre esta alma pura y amable, luchaba inútilmente por desentrañar la enmarañada madeja de motivos contrapuestos.
«Si ella lo ama verdaderamente —al parecer, habÃa dado finalmente con la clave del problema—, ¿no es esa la voz de Dios que le habla? ¿No puede albergar la esperanza de que ella haya sido enviada a él, como Ananias fue enviado a Saulo en su ceguera, para que él pueda recibir su visión?». Una vez más, creà escuchar a Arthur susurrar: «¿cómo sabes tú, mujer, si salvarás a tu marido?» y rompà el silencio con las palabras:
—Si usted todavÃa lo ama de verdad…
—¡No! —se apresuró a interrumpir ella—. Al menos… no de ese modo. Creo que lo amaba cuando me prometÃ, pero yo era muy joven; es difÃcil de decir. Pero fuera cual fuese el sentimiento, ahora ha desaparecido. El motivo por su parte es el amor; por el mÃo es… ¡el deber!
Se produjo otro largo silencio. La madeja de pensamientos estaba más enredada que nunca. En esta ocasión, fue ella la que reanudo la conversación.