Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —Estoy totalmente de acuerdo con usted —dije—. ¿Y acaso no tenemos la promesa de nuestro Salvador de que una vida asà conducirá con seguridad a la luz?
—SÃ, lo sé —asintió con voz desgarrada y los ojos aún apartados—. Y eso mismo le dije yo. Dijo que creerÃa, por mÃ, si fuera capaz de ello. Y deseó, por mÃ, poder ver las cosas como yo. ¡Pero eso está completamente mal! —prosiguió con vehemencia—. ¡Dios no puede aprobar unos motivos tan bajos como esos! Aun asÃ, no fui yo la que lo rompió. Yo sabÃa que me amaba y habÃa realizado una promesa, y…
—¿Entonces fue él quien lo hizo?
—Me liberó de ella sin condiciones. —Ahora volvÃa a mirarme, habiendo recuperado del todo su calma habitual.
—En ese caso, ¿cuál es el problema?
—Es el siguiente: que no creo que lo hiciera libre y voluntariamente. Ahora, suponiendo que lo hiciera en contra de su voluntad, simplemente para satisfacer mis escrúpulos, ¿no conservarÃa su derecho sobre mà toda su fuerza? ¿Y no seguirÃa siendo vinculante mi promesa? Mi padre dice que no, pero no puedo evitar temer que su amor por mà haya influido en su decisión. Y no lo he consultado con nadie más. Tengo muchos amigos, pero para los dÃas de sol radiante, no para los nubarrones y las tormentas de la vida; ¡no viejos amigos como usted!