Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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A nuestra llegada a Elveston, lady Muriel aceptó inmediatamente mi sugerencia de ir andando juntos, por lo que, en cuanto se hicieron debidamente cargo de nuestro equipaje —del suyo, el criado que la recibió en la estación y del mío, uno de los mozos—, nos pusimos los dos en marcha por los familiares caminos, ahora unidos en mi memoria a tantos momentos deliciosos. Lady Muriel retomó la conversación en el punto donde había sido interrumpida.

—Usted sabía lo de mi compromiso con mi primo Eric. ¿Se ha enterado también de…?

—Sí —la interrumpí, deseoso de ahorrarle el sufrimiento de tener que dar detalles—. He oído que todo se canceló.

—Me gustaría contarle cómo ocurrió —dijo—, ya que esa es la cuestión sobre la que quiero su consejo. Yo era consciente desde hacía tiempo de que no estábamos en sintonía en lo relativo a la fe religiosa. Sus ideas sobre el cristianismo son muy sombrías; e induso en lo que concierne a la existencia de un Dios, vive como en un estado de letargo. ¡Pero ello no ha afectado su vida! Ahora estoy convencida de que el ateo más absoluto puede llevar, aunque camine a ciegas, una vida noble y pura. Y si supiera la mitad de las buenas acciones… —Calló repentinamente, y volvió la cabeza.


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