Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —¡No me malinterprete! —quiso aclarar—. Cuando digo que mi corazón no era suyo, ¡no me referÃa a que le perteneciera a otro! Ahora mismo siento una obligación hacia él, y hasta que sepa que soy absolutamente libre, a ojos de Dios, para amar a cualquier otro hombre, ni siquiera se me ocurrirÃa pensar en nadie más… de ese modo, quiero decir. ¡Antes me morirÃa! —Jamás habÃa imaginado a mi dulce amiga capaz de pronunciar palabras tan apasionadas.
No me atrevà a hacer ningún comentario más hasta que estuvimos prácticamente en la cancela del Hall, pero cuanto más reflexionaba yo, más claro se me presentaba que ningún deber exigÃa el sacrificio —posiblemente de la felicidad de una vida que lady Muriel parecÃa dispuesta a hacer. Traté de hacérselo ver también a ella, junto con algunas advertencias de los peligros que sin duda aguardaban a una unión en la que faltara el amor mutuo.
—El único argumento a favor, que merece la pena considerar —dije como colofón—, parece ser la supuesta reluctancia de él a liberarla a usted de su promesa. He intentado otorgar a ese argumento todo su peso, y he llegado a la conclusión de que no afecta a los derechos del caso, ni invalida la carta de libertad que le ha dado a usted. Mi opinión es que usted es totalmente libre para actuar como ahora parezca correcto.