Silvia y Bruno
Silvia y Bruno Para ocupar el tiempo, saqué la carta que me había hecho emprender aquel repentino viaje en tren desde mi hogar en Londres a un extraño pueblo de pescadores en la costa norte, y la leí entera una vez más:
Mi querido y viejo amigo:
Estoy seguro de que reunimos otra vez después de tantos años me supondrá un enorme placer; como seguramente lo será también para ti; y, por supuesto, me hallaré preparado para ofrecerte el beneficio de las habilidades médicas que poseo; mas, como sabes, ¡uno no debe violar la etiqueta profesional! Y tú estás ya en manos de un médico londinense de primera categoría, con el cual seria una total afectación por mi parte pretender competir. (No me cabe la menor duda de que tiene razón al afirmar que el corazón se halla afectado: todos tus síntomas apuntan en esa dirección). Hay una cosa, al menos, que ya he hecho en mi calidad de doctor: reservarte un dormitorio en la planta baja para que no tengas que subir las escaleras para nada.
Esperaré tu llegada en el último tren del viernes, según indica tu carta; y, hasta entonces, diré, como reza la vieja canción: «¡Oh, la noche del viernes! ¡Cuán lejos queda aún!».
Un abrazo,
Arthur Forester
P. D.: ¿Crees en el destino?