Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —¿No recuerda eso un poco a una de las reglas del álgebra? —inquinó milady. «¡Ãlgebra también!», pensé yo cada vez más asombrado—. Quiero decir, si vemos los pensamientos como factores, ¿no podrÃamos decir que el mÃnimo común múltiplo de todas las mentes contiene el conocimiento de todos los libros, pero no al revés?
—¡Sin duda! —respondÃ, encantado con la ilustración—. ¡Y qué magnÃfico serÃa —continué ensimismado, pensando en voz alta más que hablando— que tan sólo pudiéramos aplicar esa regla a los libros! Como sabrá, para encontrar el mÃnimo común múltiplo, eliminamos una cantidad allà donde se presente, salvo en el término en el que se halla elevada a su potencia más alta. De manera que tendrÃamos que borrar todos los pensamientos escritos, a excepción de las frases en que cada uno de ellos estuviera expresado con la mayor intensidad.
Milady rio alegremente.
—¡Me temo que algunos libros quedarÃan reducidos a papel en blanco! —observó.
—Asà es. La mayorÃa de las bibliotecas se verÃan terriblemente menguadas en volumen. ¡Pero considere tan sólo lo que ganarÃan en calidad!
—¿Y cuándo se hará eso? —preguntó ansiosa—. ¡Si existe posibilidad de que ocurra durante mi vida, creo que dejaré de leer, hasta ese momento!