Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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Cuando el caudaloso torrente de tiernos recuerdos prácticamente se hubo agotado, comencé a preguntarle por los hombres que trabajaban en aquella zona, y en especial por el tal «Willie», del que habíamos oído hablar en su propia casa.

—En su día era un buen hombre —dijo mi amable anfitriona—, ¡pero su ruina ha sido la bebida! No es que yo se la fuese a quitar a los hombres, a la mayoría de ellos les hace bien, pero hay algunos demasiado débiles como para soportar las tentaciones de las barricas; es una inmensa lástima, para esos, ¡que construyesen el León Dorado en esa esquina!

—¿El León Dorado? —repetí.

—Es la nueva taberna —explicó la mujer—. Se encuentra justo de camino, a mano para los obreros, cuando vuelven del ladrillal, los días como hoy, con su salario semanal. Un buen montón de dinero se va de ese modo. Y algunos de ellos se emborrachan.

—Si sólo pudiesen conseguir la bebida en sus propias casas… —cavilé, sin darme apenas cuenta de que había hablado en voz alta.

—¡Así es! —exclamó ella con entusiasmo. Se trataba evidentemente de una solución al problema con la que ella ya había dado—. Si tan sólo se pudiese conseguir que cada hombre tuviera su propio barrilito en casa, ¡difícilmente habría un solo borracho a lo largo y ancho del país!


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